“Iván Cabrera Cartaya o la promesa de lo oculto”

Covadonga García Fierro

El conjunto de poemas que componen Aletheia del sur (Mercurio, 2017), de Iván Cabrera Cartaya, viene precedido por un verso de Luis Cernuda y por la definición de la palabra aletheia. Así, con este gesto tan sencillo, el autor presenta dos facetas esenciales de su persona: la primera, el amor por la poesía; la segunda, su formación como filólogo con una amplia cultura de la tradición grecolatina. No obstante, si nos detenemos un poco, nos daremos cuenta de que, en el caso concreto de Cabrera Cartaya y de este libro, la poesía y la filología van a caminar de la mano.

Volvamos al título y a la palabra aletheia. Este vocablo de origen griego cuenta con dos posibles acepciones: la primera alude a la verdad, a la sinceridad de los hechos; la segunda, al desvelamiento de lo oculto, al desvelamiento del ser. Esta segunda acepción es la que recoge el autor cuando escribe: “Aletheia, lo que permanecía escondido o encubierto se evidencia. Aletheia, aparición, permitir que algo aparezca y pueda ser conocido”. Esta palabra y sus significaciones nos llevan enseguida a la filología, la ciencia que estudia el discurso, la palabra o, más ajustadamente, la palabra y todo lo creado con palabras a lo largo del tiempo. Etimológicamente, la palabra filología es de origen también griego, y está compuesta por el prefijo philos, amor, y logos, discurso. Así, un filólogo es un amante del discurso, un amante de las palabras, de las cadenas de palabras que constituyen textos, de los textos, orales y escritos, que conforman una tradición literaria y cultural, una civilización. En otras palabras, al estudio de una civilización a partir de sus textos se dedica esta disciplina del conocimiento, tan denostada hoy, que llamamos Filología.

Y esto nos conduce a la elección de Cabrera Cartaya por el verso de Luis Cernuda. La poesía es, sin lugar a duda, la expresión más alta de la palabra. A través de la poesía, el ser comienza un proceso de conocimiento del mundo y de autodescubrimiento no del todo explícito, no del todo desvelado, sino apenas intuido. El poeta, a través de su intuición, se acerca todo lo que el ser humano es capaz de acercarse, de comprender o expresar conceptos que se nos escapan, que ninguna otra ciencia ha podido explicar y que, sin embargo, nos inquietan. Me refiero a conceptos como la nada, el amor o la propia existencia. En este sentido, la poesía es el vehículo que hace posible la aletheia, ese desvelamiento de lo que permanece oculto para nosotros como un enigma. La poesía es el umbral exacto en el que apenas vislumbramos la verdad, allá lejos, observándonos de frente como un desafío.

El verso de Luis Cernuda que precede al libro es importante: “En el sur tan distante quiero estar confundido”. Llegamos a la otra palabra importante del título: sur. El sur se presenta con este verso como un lugar distante, tal vez no descubierto del todo, y en el que el poeta desea confundirse. Toda una invitación para que el lector se sumerja en las páginas de este libro. En efecto, el primer poema, titulado “Medición del espíritu en lenguaje”, apunta ya la capacidad que tiene la poesía para alcanzar lo que aún no ha sido desvelado:

Has querido medir tu espíritu

en los vocablos de este idioma,

como ese que -en la piel de un muro-

pretende calibrar

la altura de una sombra;

la sombra que, cuando cae la tarde

y los colores callan

bajo el más lóbrego silencio,

vierte su contenido en la indistinta suma

de lo que permanece oculto

y no es visible para nadie.

Especialmente bellos son los versos que aluden a la caída de la tarde -reminiscencia del conocido poema de Luis Feria “A la lenta caída de la tarde”- y al modo en que los colores callan, deshaciéndose en la noche. Porque en este libro cobra protagonismo el paso de las horas, el ciclo que comienza en la noche y se expande en la luz de la mañana y en esa lenta caída de la tarde para regresar luego a la calma y a lo oscuro. Así, por ejemplo, el tercer poema, titulado “La memoria en las noches de verano”, nos permite imaginar el momento de negrura y silencio en el que llegan los recuerdos:

Cómo surte en la noche la memoria,

cómo lisonjea y se exhibe,

cómo clama y reclama,

cómo gruñe, celosa y en celo.

Cómo es de apasionada, cómo se embebe y bulle

en su castillo de pasiones.

[…]

Cómo no oírla cuando se arregosta,

cuando descuera el cuarto y las paredes.

Cómo mendiga, regia en su costumbre,

salvaje y mansa al mismo tiempo,

orillando los bosques que son playas

donde desova el lobo y corre el viento azul.

Si tenemos en cuenta que la poesía es el modo de acercarnos a lo oculto, a lo que no ha sido del todo desvelado, intuimos que el poeta es un ser que se acompaña de su soledad, de su memoria y del espacio que ofrecen los días y las noches para escribir, para disponer aquello que Antonio Machado expresó como “la palabra en el tiempo”. El texto “Silueta del lector en la terraza” nos presenta al poeta bajo esa apariencia de lector, puesto que un escritor siempre está hecho de lecturas y de momentos recobrados:

Él vive en un caliente aplazamiento

de sí mismo, en un diálogo callado

con sus sillas vacías, con sus espacios negros

[…]

Su trabajo es la restitución

de lo no dicho o de lo no pensado.

[…]

Su dominio es la suspensión

de la vida, un desgarramiento

[…]

Él es un animal de ocultamientos

que empuja por el mundo, arriba y abajo,

su masa tenebrosa de emociones,

el actor de una mínima tragedia

donde laten sus llagas no visibles.

Los trozos de palabras que apenas lo delatan

los escamotea con sombras húmedas,

cuando llega la noche queriendo conocer

cuáles son sus poderes, hasta dónde se extienden,

y cuándo

florecerá su boca por entero.

En efecto, al poeta solo le hace falta la noche para entregarse a la memoria, para recobrar lo vivido o lo apenas presentido y darle forma de poema. Este ambiente creado por el escritor, una atmósfera claramente contemplativa, sitúa al lector en un momento de pausa. Es como si el tiempo se hubiera detenido en medio de la noche. Como si el lector hubiese quedado absorto en un largo recuerdo que avanzara despacio. Es entonces, en esta actitud contemplativa, cuando el poeta/lector se hace plenamente consciente de su futilidad. Sin embargo, a pesar del carácter efímero de su existencia, este también se hace consciente de cuán intenso es su paso por el mundo. Un mundo lleno de misterio y de belleza. Sirvan, como ejemplo, estos versos del poema “La espera, la sed y el temor”:

Qué de costumbres sedentarias

amasamos viviendo así, encaprichados y fugaces,

soñándonos con timidez

bajo el tremor de las estrellas descuajadas,

lúbricos y sedientos, en la pálida espera.

El sur de Tenerife no es en este libro un templo despersonalizado de hoteles y turistas. Es, por el contrario, un espacio que el poeta recorre en soledad y en silencio, en actitud contemplativa y abierta, con los cinco sentidos preparados para percibir, casi para absorber, todo cuanto existe a su alrededor. Así, encontramos los “brotes claros del naranjo” y el “borde de la brisa/ más leve” en el siguiente poema; así como “la boca sahídica/ donde se juntan todos/ los idiomas del mundo”. Si alguna vez ustedes, lectores, han deambulado por alguna calle concurrida del sur, también habrán percibido esa boca en la que se mezclan todos los acentos, todas las lenguas y todos los perfumes.

Pero, sin duda, el poema en el que observamos de una manera más plena la convivencia entre culturas es “Buffalo Bill vuelve a morir esta tarde en Westhaven Bay”. Aquí, en una terraza, diferentes grupos de personas asisten al transcurso de las horas, al paso de la vida, como si fueran solo quietos testigos del periplo del sol. Nuevamente llega la noche y, como dice el poeta en estos hermosos versos, “reluce el mar tan afilado/ y preciso como un cuchillo”. Perdura en el lector una sensación de nostalgia al acabar el día, al terminar el poema, como si también nosotros hubiésemos gastado las horas en la terraza ocupada por los italianos, los belgas y las palomas.

Al llegar al último poema de la publicación, volvemos a encontrar al poeta, a ese hombre que se confunde entre los hombres para percibir el mundo a través de los sentidos y con plena consciencia. Y, al acompañar al poeta en esta lectura, nos damos cuenta de que, en realidad, la experiencia del caminante no es individual, sino universal. Sus sensaciones al avanzar sin rumbo nos son conocidas. El poeta siente una conexión con todo lo que lo rodea, con todo aquello que comprende y con lo que apenas alcanza a intuir:

[…]

¿Para quién camina y hacia dónde?

¿Por quién viene y avanza

entre la fresca música del mundo?

Sopla seca la brisa, indiferente,

cuando cae la tarde

y arden las palmas de oro,

en el umbral del sur, a las puertas del pueblo.

Ahora no se siente separado

de toda esa cadencia jubilosa

de la que viene la mitad

de su sangre, el denario,

la moneda partida de su sangre

como símbolo deseoso

de un cumplimiento, de una integridad.

Hombre de las colinas,

a los pocos que quieren escucharlo

transmite lo aprendido:

intimidad y espacio, soledad,

un poco de belleza,

esta alianza con todo lo que existe.

Detengámonos un momento en el último verso, “esta alianza con todo lo que existe”. La alianza entre el poeta y todo lo que percibe está en las palabras. Sí. Porque las cosas solamente existen cuando las nombramos. Les damos entidad al nombrarlas. Se trata de una alianza que no puede ser quebrada, contaminada ni destruida. Una alianza que nos acerca a la misma esencia de las cosas, que nos hace contemplarlas exactamente del modo en que lo hacemos. La aventura del poeta es invitarnos a descubrir lo que aún permanece oculto, esa alianza entre el ser humano y el misterio y la belleza del cosmos.

Artículo “Iván Cabrera Cartaya o la promesa de lo oculto”, Suplemento Cultural El Perseguidor, Diario de Avisos (18 feb. 2018).

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