Los ojos de la lluvia, último poemario de Isabel Medina

Covadonga García Fierro

Ediciones La Palma, Colección Ministerio del Aire, Madrid, 2016

A pesar de los siete años que separan las respectivas ediciones de Las sandalias de la Luna y Los ojos de la lluvia, podemos afirmar que el segundo, si bien constituye una entrega poética singular y diferente, también es, hasta cierto punto, una continuidad del anterior.

El tema principal continúa siendo el amor; y otros temas como el viaje, el irrefrenable huir del tiempo, la infancia y la melancolía siguen estando igual de presentes que en Las sandalias de la Luna. El tono general de nostalgia y la acción de recordar también hermanan a este poemario con el anterior; y el misterio de nuestro origen sigue siendo una de las bazas de inspiración de la autora. Sirvan como ejemplo estos versos del poema que abre el libro, «La especie»:

Nacemos desnudos y frágiles

y a pesar de nuestra innegable soberbia

somos el  animal más desvalido

del planeta.

Tardamos siglos en bajar de los árboles

abrir un hueco a la semilla

caminar erguidos

o mirar de tú a tú al otro que nos mira.

Pergeñar una caricia,

amamantar un deseo más allá del

instinto primigenio, fue un avance

que conmovió los leños de la hoguera.

Regalar un  suspiro al viento

de la tarde

o acariciar con la mirada

seguramente hizo cambiar el curso de los ríos.

[…]

Por otro lado, también aquí la autora decide introducir en sus poemas numerosas referencias artísticas y culturales, como la máxima universal «Siempre nos quedará París», del clásico film Casablanca; la seriedad ambigua de La Gioconda, la literatura de Cortázar, la figura legendaria de Guillermo Tell, la metamorfosis de la agonía que Kafka retrató, imágenes de la mitología como la Laguna Estigia o Penélope, tejiendo y destejiendo el tiempo; e, incluso, evocaciones filosóficas de Heráclito o de Kant; así como la inolvidable voz desesperada de Jacques Brel al entonar aquel «Ne me quitte pas» que conmovió al tiempo. Se trata de referencias artísticas y culturales que, como en el poemario anterior, han marcado la vida de Isabel Medina de un modo u otro y que, por tanto, afloran en sus poemas en forma de imágenes y momentos llenos de significado en el tránsito de la existencia. Así, en Los ojos de la lluvia siguen siendo esenciales la música, la danza, la literatura y el arte que permean el mundo poético de la autora.

No obstante, en Los ojos de la lluvia también cobran especial protagonismo otros dos temas: el primero, que recorre prácticamente todas las páginas del libro, es la impasibilidad del destino, que dicta a su antojo las pautas de la vida. Isabel Medina escribe versos llenos de profundidad y belleza al preguntarse qué hilos invisibles producen las coincidencias, las colisiones, las sorpresas y esas apariciones repentinas que todo lo cambian con su sola presencia:

Tu libro y tú

Nos conocimos un día del que guardan memoria

los árboles del bosque y hasta el asfalto de

la autopista

y eso que nada hacía presagiar tormenta, ni siquiera

el despiste del sol que andaba por las callejas del cielo.

Nada.

Todo parecía perfecto y las cosas ocupaban su sitio

verdadero. Yo no te buscaba y tú no sabías nada

de mi vida.

El mundo podía haber seguido el mismo rumbo,

absolutamente desnortado como siempre,

por lo menos mil años más sin que pasara nada.

Nada, repito, hacía presagiar nada.

Y sin embargo, de ese día guardan memoria los árboles

del bosque y el asfalto de la autopista

como ocurre casi siempre con las fechas importantes.

Te observé absorto

pasando una a una las páginas de un libro.

Miré curiosa mientras abrías de par en par

la primera hoja, luego la segunda, la tercera…

Así hasta llegar a los árboles del bosque de tu vida.

Todo estaba allí y mis ojos no salían de su asombro

al observar tamaña impudicia.

No buscábamos nada y nos dimos de bruces contra

el amor que actuó por su cuenta sin que pudiésemos

evitarlo.

[…]

El segundo tema que cobra especial relevancia en Los ojos de la lluvia es, precisamente, el destino que cultural e históricamente se ha ido construyendo específicamente para la mujer. Y es que, a medida que avanzamos en la lectura, encontramos una crítica –a veces más sutil, otras veces más abierta y feroz– a ese empeño de distinguir entre el destino del hombre y el destino de la mujer, irremediablemente madre y, según el mensaje bíblico, pecadora que sucumbe a la tentación y trae los males a la Tierra. Veamos un ejemplo de estos poemas que, desde mi punto de vista, otorgan a este poemario una línea temática nueva con respecto al anterior, y un valor añadido muy notable:

No soy hija de Eva

ni me concibieron en lejanos paraísos.

Yo, mujer,

recuerdo aún el segundo cósmico

en que me puse en pie y miré de tú a tú

la casa sin techo de la noche.

En el ir y venir de estaciones indolentes

la primavera trajo redondeces a mi cuerpo

y sin saberlo recité los antiguos misterios

que recorrían el ADN de mi sangre.

Por eso amé de pie la luz blanquecina

de un astro de opereta

sin saber que mi vientre ocupado

crecía como una flor regada por la lluvia.

Lo supe más tarde,

el misterio se abrió paso entre las frondas

del bosque dejando un rastro de sangre.

Llena estaba la luna cuando abierta de piernas

un grito nuevo suspendió en vilo la tierra

que se detuvo maravillada ante el prodigio de la vida.

Yo, mujer,

útero, pecho, barro donde los hombres

amasaron la forma.

Fuera del refugio de las cuevas

la multitud atravesó barrancos y desiertos

llegó descalza a las villas y ciudades

y subió sin permiso a los rascacielos del aire.

Y yo, mujer,

cargué con el pesado fardo de un burka

me arrastré por caminos de ignominia

y parí hijos cuando los falos en tormenta

violentaron mi carne y lapidaron mis sueños.

Y aprendí a olvidarme, a hacerme cosa,

mientras los siglos parían revoluciones

que desviaban el curso de los ríos

y torturaban el color inocente de una rosa.

Tal vez ahora

que  tu voz me llama por mi nombre

seré capaz de amar mientras se enciende al fin

la casa sin techo de la noche.

Como se puede observar, en este poemario, Isabel Medina cultiva una escritura directa, cuya sencillez formal alimenta el disparo certero de cada verso.

Otro poema es especialmente reseñable en la línea que venimos señalando. Se trata del poema «No quiero ser tu media naranja», donde se revela la necesidad de construir culturalmente otra manera de entender el amor, donde la mujer no exista para complementar al hombre en lo que a este le falta (o viceversa) sino que, por el contrario, mantenga su autonomía, su individualidad como ser humano completo y autosuficiente:

No quiero ser tu media naranja

Si me quieres, amor, quiéreme entera

porque no voy a partir en dos

el mascarón de proa de mi barco

ni a buscar la mitad de mí en el arcano de tu cuerpo.

Despierto en la tierra de nadie

donde vive la melancolía y pongo en hora al sol,

redondo como una fulgurante bola de fuego

para que te devuelva entera la mañana.

No busques

no quiero saber nada de tus secretas obsesiones

ni de las carencias que te han crecido en el calendario

de las horas,

no me pidas a mí lo que te falta,

porque no se escribe así el menú de nuestros besos.

Quiero que llegues a mí entero como una naranja,

redondo como un pensamiento, capaz como un deseo.

Y yo misma,

que no me atrevo a hacer el balance de mis deudas

ni a contabilizar la multitud  de mis carencias,

te ofrezco mi ser entero como una naranja,

redondo como un pensamiento, capaz como un deseo.

Por eso, atrevida, saludo al sol cada mañana,

lo pongo de despertador en la cabecera de tu cama

y me sumerjo desnuda en el río de sangre de tus venas,

para llenar de flores el ojal de tu camisa

porque no quiero ser tu media naranja.

Si me quieres, amor, quiéreme entera.

Por otra parte, cabe destacar que en Los ojos de la lluvia Isabel Medina introduce a un personaje ya conocido por el lector de la anterior entrega poética de la autora. Se trata del Caballero Tiempo, que había aparecido ya en Las sandalias de la Luna. Como es lógico, este personaje viene de la mano del tópico tempus irreparabile fugit, que nuevamente se despliega por los versos de la escritora:

Observo el bullicio de las calles

y me doy cuenta de que no existe

la marca de tus pasos

en la autopista de mis días

ni siquiera la leve huella que dibujan

tus dedos en la puerta de mi casa

o en la verja de aquel jardín antiguo

donde entramos a curiosear

los destrozos del tiempo.

Sin embargo

te buscan insistentemente mis ojos

tal vez la arena, que es hembra y sabe,

haya guardado en su útero de lava

la memoria antigua de tu deambular

por calles y por plazas con la mochila

recién estrenada de la vida.

Ni siquiera preguntan por ti las visitas,

y eso que saben

seguro que lo saben

que tus sueños se han gestado en connivencia

con los míos mucho antes de que la luz cegadora

de la mañana entrara por los postigos del alba.   

Aunque

qué sabrán las luces del alba,

me pregunto, si jamás han puesto

en hora el inexcusable reloj del Caballero Tiempo

por mucho que te busquen

insistentemente mis ojos.

El mismo trueno ha dado la orden

de silencio a la hora en que el sueño, inevitablemente, duerme.

Es importante señalar que el orden de los poemas no es caprichoso, sino que, por el contrario, va presentando historias que, a medida que avanza la lectura, vuelven a aparecer, o se retoman con un verso anterior para continuar con otra imagen nueva. En este sentido, el tema del tiempo que huye va engarzando numerosos poemas e historias que el lector va reconociendo y completando hasta llegar al final del libro. Un ejemplo a este respecto lo constituyen los poemas «Infancia», «Juventud» y «Nadie puede seguir el rastro del amor en el bosque de la vida»:

Infancia

Llegaste a mí vestido de blanco,

como una novia subiste, paso a paso,

los peldaños del amor más allá de los

ocho miles que asedian la catedral de tu vigilia

y vigilan incansables la insolencia de tus sueños.

Para que nadie sospechara

te hiciste acompañar de un niño y una niña

que, cogidos de la mano,

miraban incrédulos el grosor de las piedras

o la altura entre los escalones de la vida.

Fueron subiendo despacio tanteando

a ciegas la sombra de sus cuerpos.

[…]

        Juventud

Cogidos de la mano subimos

unos escalones más arriba allí donde

la juventud había abierto de par en par

el abanico que lleva nuestros nombres.

Tú y yo, distantes y distintos, saboreamos

toda la miel del tarro de la vida

y probamos las caricias de la nueva primavera

y los besos robados a la esquina de la calle

o a la última butaca del cine de las cuatro.

Asesinamos mil veces la margarita

y entre el sí y el no cambiamos de vestido

de zapatos, de libros, de nombres… de piel.

Y sin que nos diéramos cuenta

nos nació el amor y nacieron los hijos

y la vida nos puso en el disparadero

de Guillermo Tell doliendo y sorbiendo

el vino agridulce que maceró para nosotros

tan distantes y distintos.

Por eso nos volvimos frágiles y vulnerables

y por eso nos queman las lágrimas antiguas

cuando vemos ahogarse el mundo

en el mar insolente de la injusticia cotidiana.

Nadie puede seguir el rastro del amor  en el bosque de la vida

[…]

Cuántas cosas caben entre el tú y yo que nos habita

en el enmarañado bosque que el ojo no ve

ni los oídos escuchan.

Sé que algún día iremos a la playa cogidos de la mano,

será al atardecer y contemplaremos conmovidos

la muerte del sol hundido en los abismos del mar.

Queda patente que el tema del tiempo que huye no solo forma parte de los contenidos de diversos poemas; más aún, los atraviesa, los hilvana a partir de imágenes que se van repitiendo, como las manos unidas de los amantes en la infancia, la juventud y la vejez en los poemas anteriores. Pero también, en la repetición de otras imágenes como la de la estación de trenes. Sin duda, una de las que otorgan mayor progresión temática al libro, además de representar, en sus numerosas apariciones, el paso del tiempo y las cadencias de la vida. Porque cada vez que aparece la estación de trenes, las vidas de quienes protagonizan las historias se encuentran en un estado completamente distinto y, sin embargo, paralelo.

La característica más destacable de este poemario es, precisamente, su capacidad visual: el lector encuentra en los poemas de Isabel Medina en general, y en los de Los ojos de la lluvia en particular, un conjunto de imágenes muy bien construidas verbalmente, y portadoras de una gran belleza: «era tarde de domingo/ y ni los árboles movían los recuerdos»; «el amor, que es memoria/ desnuda de la luz, se disponía a danzar/ con la fragilidad de un suspiro»; «me despierto de la muerte cada noche», «la sabiduría/ antigua del agua que pule día tras día, siglo tras siglo,/ la materia bruta de las rocas hirientes», «un secreto que se te olvidó en los labios», «la sed/ es una guadaña que ciega los arpegios de la vida», «lo escribió la libélula/ con la sangre azul de los estanques», «El mar,/ serenidad líquida, me recibió en el útero materno/ de su abrazo», «acepto el rojo disparo de la primavera», «aquel jardín antiguo/ donde entramos a curiosear/ los destrozos del tiempo», «el recuerdo dormía plácidamente/ en un fundido en negro», «averiguar el primer instante en que el amor golpeó/ en el pecho con el puño cerrado de la urgencia», «el desierto que habita entre tu boca y la mía».

Sin duda, se trata de imágenes poéticas reveladoras de una enorme sensibilidad.

Casi al final de este libro de poemas, encontramos los versos que, de algún modo, explican el título:

Y si tu amor me olvidara…

[…]

Qué dirían los ojos de la lluvia,

ciegos de llorar por las esquinas del mundo.

Los ojos de la lluvia son testigos de cuanto acontece; pero también, son símbolo del llanto, la melancolía y el frío. Son los ojos del recuerdo, los que se asoman al invierno y alimentan su memoria, ya sin hojas.

La sensación que le queda al lector después de leer Los ojos de la lluvia es de absoluta satisfacción. Isabel Medina ahonda en temas universales como el amor, el paso del tiempo, el recuerdo, el origen del cosmos o el misterio del destino. Y es especialmente interesante el punto de vista que asume la autora para hablar sobre el rol que históricamente se ha identificado con la mujer y con lo «femenino». Isabel Medina construye con palabras un mundo poético de imágenes llenas de narratividad. Un poemario redondo, cuya progresión temática invita a ir de un texto al siguiente; y al que identificamos, enseguida, con la ya inconfundible voz de su autora.

Artículo “Los ojos de la lluvia, de Isabel Medina”, Suplemento Cultural El Perseguidor, Diario de Avisos (26 nov. 2017).

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